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Pensamiento Salvaje, lo mejor de Henry David Thoreau

Un paseo invernal

El viento se filtra con un quedo susurro a través de los postigos, o sopla con aterciopelada suavidad sobre las ventanas. De vez en cuando, suspira como un viento apacible de verano agitando las hojas durante toda la santa noche. El ratón de campo se ha dormido en su abrigado pasadizo subterráneo, el búho se ha instalado en un árbol hueco en la profundidad de los pantanos; el conejo, la ardilla y el zorro, todos se han puesto a cubierto. El perro guardián se ha tumbado tranquilo junto a la chimenea, y el ganado se ha quedado en silencio en el establo. La tierra misma se ha dormido, como si fuera su primer, y no su último sueño. Salvo algún ruido de la calle o la puerta de la casa de madera que chirría débilmente, interrumpiendo el desconsuelo de la naturaleza en su funcionamiento nocturno, el único sonido despierto entre Venus y Marte nos advierte de una distante calidez interior, un ánimo y fraternidad divinos, donde los dioses se reúnen, pero que resulta desolador para los hombres. Sin embargo, mientras duerme la tierra, el aire está despierto y se ha llenado de ligerísimos copos que caen, como si reinara una Ceres boreal y arrojara su grano plateado sobre todos los campos.

Dormimos, y al final despertamos a la inmóvil realidad de una mañana de invierno. La nieve yace tibia como el algodón y se acumula sobre el alféizar de la ventana; el marco hinchado y los cristales helados reciben una luz débil e íntima que realza la acogedora comodidad interior. La quietud de la mañana es impresionante. El suelo cruje bajo nuestros pies cuando nos acercamos a la ventana a mirar un claro sobre los campos. Vemos los techos bajo el peso de la nieve. De los aleros y las cercas cuelgan estalactitas de hielo, y en el jardín se alzan estalagmitas que cubren su corazón oculto. Los árboles y los arbustos elevan sus brazos blancos al cielo; y donde había paredes y arbustos vemos formas fantásticas que retozan haciendo cabriolas por el sombreado paisaje, como si la Naturaleza hubiera esparcido sus diseños hechos durante la noche como modelos para el artista. Abrimos la puerta en silencio, dejando que caiga dentro la nieve amontonada, y salimos a enfrentarnos con el aire cortante. Las estrellas ya han perdido parte de su brillo, y una niebla opaca y pesada bordea el horizonte.

Una tenue luz áurea sobre el este proclama la llegada del día, mientras el paisaje occidental aún permanece espectral y oscuro, envuelto en una tenebrosa luz maléfica, como si fuera un reino umbrío. Se oyen sólo sonidos infernales: el canto de los gallos, el ladrido de los perros, hachazos contra la madera, el mugido de las vacas… todo parece venir del corral de Plutón, más allá de la laguna Estigia, no porque evoquen melancolía alguna, sino porque su bullicio crepuscular es demasiado solemne y misterioso para la Tierra.

El rastro fresco de algún zorro o alguna nutria en el huerto nos recuerda que la noche está repleta de acontecimientos, y la naturaleza primitiva aún sigue en marcha dejando huellas en la nieve. Abrimos la reja y echamos a andar a paso vivo por el solitario camino; la nieve seca y quebradiza cruje bajo nuestros pies y nos estimula el chirrido agudo del trineo de madera que parte hacia el distante mercado, desde la puerta matinal del granjero donde ha permanecido todo el verano soñando entre las briznas de hierba y los rastrojos, mientras vemos de lejos la luz de la primera vela a través de las ventanas nevadas de la granja, como una pálida estrella que emite su rayo solitario o una severa virtud rezando sus maitines.

Las volutas de humo de las chimeneas empiezan a ascender una tras otra entre los árboles y la nieve. El humo perezoso se eleva serpenteante de alguna cañada profunda e íntima, poco a poco, con el día demorándose en su viaje hacia el cielo, mientras el aire recio explora al alba. Las espirales remolonas juguetean entre sí, sin propósito cierto, con lentitud, como el amo adormilado, ahí debajo, junto al hogar, cuya mente tardía e indolente aún no se ha lanzado a la corriente arrolladora del nuevo día, y ahora navegan muy lejos.

El leñador va a paso certero con intenciones de agitar el hacha matinal. Pero primero, en el oscuro amanecer, envía por doquier a su emisario, el humo explorador, último peregrino, que alza vuelo del techo en plena madrugada, para sentir el aire helado e informar al día. Y cuando aún flota agachado a ras del suelo, sin reunir valor para desatrancar la puerta, ya ha bajado por el valle con el viento ligero, y sobre la llanura despliega su espiral aventurera, envuelve la copa de los árboles, vaga colina arriba, y entibia las alas del pájaro matinal. Y ahora, acaso, divisa el día por los confines de la tierra desde lo alto del aire vigoroso, como una nube refulgente en la bóveda celestial y saluda a su amo inmóvil junto a su puerta.

Oímos el ruido de los granjeros cortando leña a lo lejos, sobre la tierra helada, el ladrido del perro y el clarín del gallo, a pesar de que el aire gélido y tenue sólo transporta las partículas más finas de sonido hasta nuestros oídos, con pequeñas y suaves vibraciones, como las olas del más puro y liviano de los líquidos que se calman enseguida cuando algún elemento grande se hunde hacia el fondo. Los sonidos llegan claros como campanadas, como si hubiera menos impedimentos que en verano que los desvanecieran y desgarraran. El paisaje es sonoro, como la madera seca; hasta los habituales ruidos rurales son melodiosos, y el tintineo del hielo sobre los árboles es suave y líquido. Se percibe la mínima humedad posible en la atmósfera, todo está seco o congelado, y es de una tenuidad y elasticidad tan extremas que se convierte en una fuente de placer.

El cielo lejano y tenso parece converger como las naves de una catedral, y el aire lustroso centellea como si hubiera cristales de hielo flotando. Quienes han residido en Groenlandia nos dicen que cuando hiela “el mar ahúma como cuando se quema un campo de hierba, y se levanta una bruma o niebla llamada ´humo helado´, un humo cortante que suele producir ampollas en la cara y las manos, muy negativo para la salud”. Pero este frío puro y estimulante, en cambio, es un elixir para los pulmones, no tanto una neblina helada como una calina cristalizada de pleno verano, refinada y purificada por el frío.

El sol, por fin, se levanta a través del bosque lejano, como si sonara débilmente el címbalo, y derrite el aire con sus rayos, y la mañana viaja con pasos tan veloces que las distantes montañas occidentales ya se han teñido de dorado. Mientras tanto, caminamos deprisa sobre la nieve en polvo, templados por un calor interior, disfrutando aún de un veranito de San Martín en medio de un creciente bienestar de los sentidos y la mente. Si nuestra vida se amoldara más a la naturaleza, probablemente no tendríamos que protegernos del frío y el calor, y la consideraríamos nuestra protectora y amiga, como las plantas y los cuadrúpedos. Si alimentáramos nuestro cuerpo con elementos puros y sencillos, y no con una dieta estimulante y calórica, no necesitaríamos para el frío más forraje que una ramita sin hojas, pero treparíamos como los árboles, a los que hasta el invierno les parece templado para su crecimiento.

La maravillosa pureza de la naturaleza en esta estación es un hecho de lo más placentero. Todos los troncos podridos, las piedras y vallas musgosas y las hojas muertas del otoño están ocultos debajo de un blanco manto de nieve. En los campos desnudos y en los bosques tintineantes, se ve la virtud que perdura. En los lugares más fríos y desolados, incluso la benevolencia más cálida encuentra apoyo. Un viento frío y penetrante ahuyenta todo contagio y sólo puede resistirlo lo virtuoso; por consiguiente, respetamos como algo dotado de una especie de testaruda inocencia, de firmeza puritana, todo lo que encontramos en lugares fríos e inhóspitos, como las cumbres de las montañas.

Todo lo demás parece retirarse en busca de refugio, y lo que queda fuera debe ser parte del marco original del universo, de un valor tan grande como el del mismo Dios. Respirar aire límpido es vigorizante. Resulta clara su mayor pureza y delicadeza, y de buena gana nos quedaríamos fuera hasta tarde; así los vientos también pueden soplar a través de nosotros como a través de los árboles sin hojas y aclimatarnos al invierno, como si esperáramos apropiarnos de cierta virtud pura e inmutable que nos beneficie en todas las estaciones. En la naturaleza hay un fuego subterráneo y adormilado que nunca desaparece, y que ningún frío puede congelar. Termina por derretir las grandes nieves, y en enero está oculto bajo una capa más gruesa que en julio. En los días más fríos, se desplaza hacia alguna parte y la nieve se funde alrededor de todos los árboles. El fuego está cubierto por la capa más delgada en el campo invernal de centeno, que brota a finales de otoño, y que ahora funde rápidamente la nieve. Sentimos cómo nos calienta.

En el invierno el calor simboliza toda la virtud, y pensamos en un delgado riachuelo con sus piedras desnudas brillando al sol y en los cálidos manantiales del bosque con el mismo anhelo que las liebres y los tordos. El vapor que se eleva de los pantanos y las lagunas nos resulta tan querido y familiar como el que sale de la tetera. ¿Qué fuego podría igualar al brillo del sol en un día de invierno, cuando el ratón de campo se asoma junto al muro y el herrerillo gorjea en los desfiladeros del bosque? El calor proviene directamente del sol, no lo irradia la tierra como en verano; y, cuando sentimos sus rayos sobre la espalda mientras atravesamos a pie algún valle nevado, agradecemos esta benevolencia especial y bendecimos al sol que nos ha seguido en este paseo.

Este fuego subterráneo tiene su altar en el pecho de cada hombre; pues en el día más frío y en la colina más inclemente el viajero abriga entre los pliegues de su capa un fuego más tibio que el que arde en ningún hogar. Un hombre sano, en realidad, es el complemento de las estaciones, y, en invierno, lleva el verano en su corazón. Allí está el sur; hacia allí han migrado todos los pájaros e insectos, y alrededor del tibio manantial de su pecho se reúnen el tordo y la alondra. Al final, al llegar al comienzo del bosque y después de dejar atrás el pueblo, entramos bajo su protección, como si cruzáramos el umbral y entráramos en una casa toda revestida y llena de nieve.

Sigue hermoso y cálido, tan tibio y alegre como en verano. Nos detenemos en medio de los pinos, bajo una luz a cuadros, titilante, que se abre paso sólo un poco por este laberinto, y nos preguntamos si las ciudades habrán oído alguna vez su sencilla historia. Da la sensación de que no hay viajero lo haya explorado jamás, y por más que la ciencia revele maravillas todos los días en todas partes, ¿a quién no le gustaría escuchar sus anales? Los humildes pueblos de la llanura son su contribución.

Sacamos del bosque las tablas que nos cobijan y la leña que nos calienta. ¡Qué importantes son los árboles de hojas perennes en invierno, ese trozo de verano que no se desvanece en todo el año, la hierba que ...

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