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El gran fraude

Los anticuerpos del sistema democrático

Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos en el año 2020 resultaron complicadas desde un primer momento. El contexto era el de un país dividido, con grupos de derecha y de extrema derecha que apoyaban al presidente Donald Trump (y de un modo más o menos explícito, contaban con su beneplácito) y manifestaciones contra la discriminación racial y el uso excesivo de las fuerzas policiales contra las población afro americana, encarnizado en el movimiento Black Lives Matter, y todo en un contexto mundial de una pandemia que durante meses paralizó buena parte de la actividad económica. Muchos analistas indican que fue justamente el manejo que Donald Trump hizo de la pandemia, desestimando al virus, culpando directamente al gobierno Chino y priorizando la economía por sobre la salud, lo que hizo que su popularidad descendiera. Hasta principios de 2020, con una economía pujante y bajos índices de desempleo, la reelección de Trump parecía lo más esperable.

Las elecciones tuvieron un record histórico de votos por correo, a esto se sumó el hecho de que varios estados relajaron los requisitos para verificar la identidad de los votantes, supuestamente intentado permitir que en un contexto de pandemia pudiera votar la mayor cantidad de ciudadanos. Todo ello dio lugar a numerosas denuncias de fraude. Para la izquierda, se trataba de denuncias infundadas que buscaban, más allá del resultado puntual de las elecciones, restringir el voto a una parte de la ciudadanía (principalmente inmigrantes o minorías étnicas que históricamente son votantes demócratas). Las acusaciones cruzadas reavivaron el debate acerca de los modos en que se dan las elecciones, las irregularidades en los conteos o los comicios, y las denuncias y sospechas que han acompañado a las elecciones desde sus inicios, y que con la introducción del voto electrónico en la década de 1990, sólo empeoraron.

En todo el mundo, desde la caída del Estado de Bienestar, la “democracia representativa” ha entrado en crisis. La confianza de los ciudadanos en el sistema de representación, de partidos políticos y de elecciones es cada vez menor. Aún no hay sistemas políticos que se perfilen como potencialmente viables o deseables, o que sean capaces de destronar a la democracia representativa. Sin embargo, con un sistema que muestra una y otra vez sus fallas, con una desconfianza cada vez mayor por parte de la ciudadanía, con la indiferencia o el descreimiento de las nuevas generaciones, el sistema político (ayudado por los sistemas judiciales y las grandes corporaciones) cierra sus filas para defenderse, tal como ha sucedido en los Estados Unidos. ¿Tenían las denuncias de fraude hechas por Donald Trump en 2020 algún sustento? ¿Por qué incluso miembros de su partido y de su gabinete le dieron la espalda hacia los últimos días de su mandato? ¿Por qué buena parte de sus propios votantes rechazó el modo en que se Donald Trump se comportó después de las elecciones?

En ese contexto, pareciera que Trump se transformó en una voz demasiado incómoda no sólo para los opositores, sino para todos aquellos que querían que el sistema tal como lo conocían siguiera en pie. Donald Trump, el presidente que había sido políticamente incorrecto desde el principio, que había ingresado al mundo de la política sin carrera previa y con una arrogancia desmedida, que no temía poner en palabras lo que muchos pensaban, se convirtió de pronto en una voz que debía ser silenciada para defender al sistema en su conjunto.

Denuncias de fraude

Meses antes de las elecciones presidenciales 2020, Donald Trump comenzó a denunciar que la ampliación del voto por correo podía dar lugar al fraude. Fiel a su estilo, no deslizó sutiles comentarios, sino que lo enunció con aquella voz cruda, incorrecta e incómoda que lo caracterizaba. Es que algunos estados implementaron el envío del “absentee ballot” (una forma de sufragio por ausencia, implementada desde los tiempos de la Guerra Civil para permitir a los soldados votar, que habilita a votar por correo o por fuera de los lugares designados). Esto era válido para todos los votantes registrados, y no sólo para aquellos que formalmente lo requirieran. De aquel modo, implementaban el “voto universal por correo” que algunos estados como Oregón ya había puesto en práctica. 17 de los 50 estados modificaron para las elecciones de 2020 sus legislaciones en torno a las formas de sufragio.

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