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Aladino y la lámpara mágica


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El indómito Aladino

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He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos, en una ciudad entre las ciudades de China, cuyo nombre no recuerdo en este instante, había un hombre, sastre de oficio y pobre de condición. Aquel hombre tenía un hijo llamado Aladino, que era un niño mal educado y desde su infancia mostraba exagerada rebeldía. Cuando el niño llegó a la edad de diez años, su padre quiso enseñarle algún oficio honrado, pero, como era muy pobre, no podía afrontar los gastos de la instrucción y tuvo que limitarse a llevar al hijo a su tienda para enseñarle el trabajo de la aguja, es decir, su propia labor. Pero Aladino, que era un niño indómito, acostumbrado a jugar con los muchachos del barrio, no pudo permanecer un solo día en el negocio familiar. Por el contrario, en lugar de estar atento al trabajo, acechaba el instante en que su padre se ausentaba por cualquier motivo o se colocaba de espaldas para atender a un cliente. En ese momento, el niño escapaba corriendo para reunirse con los pequeños pillos de su calaña. No quería obedecer a sus padres ni aprender el trabajo de la tienda. Así es que su padre, muy apenado y desesperado por tener un hijo tan dado a todos los vicios, acabó por resignarse, y a causa de su dolor contrajo una enfermedad que lo llevó a la muerte. Pero eso no corrigió a Aladino. Su madre, al ver que su esposo había muerto y que su hijo no era más que un bribón con el que no se podía contar para nada, decidió vender la tienda con todas sus herramientas para sobrevivir algún tiempo. El dinero se agotó tan pronto que tuvo que acostumbrarse a pasar los días y las noches hilando lana y algodón para alimentarse, y alimentar al ingrato de Aladino.

En cuanto a él, cuando se sintió libre de su padre nada lo retuvo ya y se entregó por completo a la maldad. Pasaba todo el día fuera de casa, solo regresaba para comer. La pobre y desgraciada madre, a pesar de las incorrecciones de su hijo, lo seguía manteniendo con el trabajo de sus manos, y lloraba sola lágrimas muy amargas. Así fue cómo Aladino cumplió los quince años. Era verdaderamente hermoso y bien formado, con dos magníficos ojos negros, tez de jazmín y aspecto seductor.

Un día entre los días, estando él en medio de la plaza que había a la entrada de los zocos del barrio, sin ocuparse más que de jugar con los vagabundos de su especie, pasó por allí un derviche magrebí que se detuvo mirando a los muchachos obstinadamente. Posó en Aladino especialmente sus ojos, lo observó de una manera bastante singular. Aquel derviche, que venía del último confín del Magreb, de las comarcas del interior lejano, era un insigne mago, erudito en astrología y en la ciencia de las fisonomías. Sus poderes le permitían conmover a las personas y hacer chocar entre sí las montañas más altas. Continuó observando a Aladino con mucha insistencia mientras pensaba: “¡Por fin encontré al niño que necesito, el que busco desde hace largo tiempo por el cual partí de Magreb, mi país!” Entonces, se aproximó sigilosamente a uno de los muchachos, lo llamó aparte sin hacerse notar, y se informó minuciosamente sobre la madre y el padre de Aladino, quiso saber su nombre y su condición. Con esa información, se acercó a Aladino sonriendo y le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿No eres Aladino, el hijo del honrado sastre?” Aladino contestó: “Soy Aladino. En cuanto a mi padre, ha muerto hace mucho”. Al oír estas palabras, el derviche magrebí se colgó del cuello de Aladino, lo tomó del brazo, y estuvo mucho tiempo besando sus mejillas, llorando en el límite de la emoción. Aladino, extremadamente sorprendido, le preguntó: “¿A qué se deben tus lágrimas, señor? ¿Conocías acaso a mi difunto padre?” El magrebí replicó con una voz muy triste y entrecortada: “¡Ah, hijo mío! ¿Cómo no voy a derramar lágrimas de duelo y de dolor si soy tu tío, y acabas de revelarme de una manera tan inesperada la muerte de tu difunto padre, mi pobre hermano? ¡Oh, hijo mío! Debes saber, en efecto, que llegué a este país después de abandonar mi patria y afrontar los peligros de un largo viaje, únicamente con la esperanza de volver a ver a tu padre. Y resulta que, ¡ay! me cuentas que ha muerto”. Se detuvo un instante, como sofocado de emoción; luego añadió: “¡Por cierto, oh hijo de mi hermano, que en cuanto te divisé, mi sangre se sintió atraída por tu sangre. Te reconocí en seguida, sin vacilación, entre todos tus camaradas! ¡Y aunque cuando me separé de tu padre no habías nacido, ni siquiera se había casado, no tardé en reconocer en ti sus facciones! Esto es precisamente lo que me consuela un poco de su pérdida. ¡Ah! ¡Qué calamidad cayó sobre mi cabeza! ¿Dónde estás ahora, hermano mío a quien creí abrazar al menos una vez después de tan larga ausencia y antes de que la muerte llegara a separarnos para siempre? ¿Quién puede jactarse de impedir lo que tiene que ocurrir? En adelante, tú, serás mi consuelo y reemplazarás a tu padre en mi afecto, puesto que tienes sangre suya y eres su descendiente. Porque dice el proverbio: ¡Quién deja posteridad no muere!”

Luego el magrebí, sacó de su cinturón diez dinares de oro y se los puso en la mano a Aladino: “¡Oh hijo mío! ¿Dónde habita tu madre, la mujer de mi hermano?” Y Aladino, completamente conquistado por la generosidad y la cara sonriente del magrebí, lo tomó de la mano, lo condujo al extremo de la plaza y señaló con el dedo el camino hacia su casa, diciendo: “¡Allí!” El magrebí repuso: “Estos diez dinares que te doy ¡oh hijo mío! se los entregarás a la esposa de mi difunto hermano, transmitiéndole mis respetos. Le anunciarás que tu tío acaba de llegar de viaje, tras una larga ausencia en el extranjero, y que espera, si Alah quiere, presentarse mañana para formular por sí mismo los deseos a la esposa de su hermano, ver los lugares donde pasó su vida el difunto y visitar su tumba.”

Cuando Aladino oyó estas palabras quiso inmediatamente complacerlo, y después de besarle la mano se apresuró a correr con alegría a su casa. Llegó, al contrario que su costumbre a una hora que no era la de comer, y exclamó al entrar: “¡Oh madre mía! ¡Vengo a anunciarte que, tras larga ausencia en el extranjero, acaba de llegar de su viaje mi tío, y te transmite sus respetos!” La madre de Aladino, muy asombrada, respondió: “¡Cualquiera diría hijo mío que quieres burlarte de mí! ¿Quién es ese tío del que hablas? ¿De dónde y desde cuándo tienes un tío que esté vivo todavía?” Aladino insistió: “¿Cómo puedes decir, oh madre mía, que no tengo tío ni pariente, si el hombre en cuestión es hermano de mi difunto padre? Me estrechó contra su pecho, me besó llorando y me encargó que viniera a darte la noticia y a ponerte al corriente”. La madre de Aladino dijo: “Sí, hijo mío, tenías un tío, pero murió hace muchos años”. Y miró con ojos muy asombrados a su hijo Aladino, que ya se ocupaba de otra cosa. Ella no volvió a hablar sobre el tema aquel día. Y Aladino, por su parte, no dijo una palabra sobre la dádiva del magrebí.

Al día siguiente, Aladino salió de la casa a primera hora. El magrebí, que ya lo andaba buscando, lo encontró en el mismo sitio que el día anterior, dedicado a divertirse, como de costumbre, con los vagabundos de su edad. Se acercó inmediatamente, lo estrechó contra su corazón y lo besó con ternura. Luego sacó de su cinturón dos dinares y se los entregó diciendo: “Ve a buscar a tu madre y dile, dándole estos dos dinares: `Mi tío tiene intención de venir esta noche a cenar con nosotros, y por eso te envía este dinero para que prepares manjares excelentes´”. Luego añadió, inclinándose hacia él: “¡Y ahora, Aladino, enséñame por segunda vez el camino hacia tu casa!” El muchacho contestó: “Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh tío mío!” Caminó delante y le enseñó el camino mientras el magrebí lo seguía…

En este momento de la narración, Schahrazada vio aparecer la mañana y guardó silencio discretamente.


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La generosidad del tío magrebí  

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…y le enseñó el camino mientras el magrebí lo seguía. Aladino entró en la casa le contó a su madre lo ocurrido y le entregó los dos dinares: “¡Mi tío vendrá esta noche a cenar con nosotros!”

Entonces, al ver los dos dinares, dijo la madre de Aladino: “¡Quizá no conociera yo a todos los hermanos de tu padre!” Se levantó y a toda prisa fue al zoco a comprar las provisiones necesarias para una buena comida, y volvió enseguida a preparar los manjares. Pero como la pobre no tenía utensilios de cocina fue a pedir prestados a las vecinas las cacerolas, platos y vajilla que necesitaba. Cocinó todo el día; y al hacerse de noche, dijo a Aladino: “La comida está dispuesta, hijo mío, y como tu tío acaso no conozca bien el camino de nuestra casa, debes salir a su encuentro o esperarlo en la calle”. Aladino aceptó pero, cuando se disponía a salir, llamaron a la puerta. Era el magrebí acompañado de un mandadero que llevaba en la cabeza una carga de frutas, pasteles y bebidas. Aladino les franqueó la entrada. El mandadero se marchó luego de dejar su carga y recibir el pago. Aladino condujo al magrebí a la habitación donde estaba su madre, él se inclinó y dijo conmovido: “La paz sea contigo, ¡oh esposa de mi hermano!” La madre de Aladino le devolvió la reverencia. Entonces el magrebí se puso a llorar en silencio. Luego preguntó: “¿Dónde tenía la costumbre de sentarse el difunto?” La madre de Aladino le mostró el sitio en cuestión; y al punto se arrojó al suelo el magrebí, empezó a besar el lugar y a suspirar con lágrimas en los ojos: “¡Qué suerte la mía! ¡Qué miserable suerte haberte perdido, oh hermano mío!” Y continuó llorando y lamentándose con tanto sentimiento, que estuvo a punto de desmayarse. La madre de Aladino no dudó ni por un instante de que fuera el hermano de su difunto marido. Se acercó, lo levantó del suelo, y le dijo: “¡Oh hermano de mi esposo! ¡Vas a matarte en balde a fuerza de llorar! ¡Ay, lo que está escrito debe ocurrir!” Y siguió consolándolo con buenas palabras hasta que lo convenció de beber un poco de agua para calmarse y sentarse a comer.

Cuando estuvo colocado el mantel, el magrebí se dirigió a la madre de Aladino. “¡Oh mujer de mi hermano! No te parezca extraordinario no haberme conocido en vida de mi difunto hermano porque hace treinta años que abandoné este país y partí hacia el extranjero, renunciando a mi patria. Desde entonces no he cesado de viajar por las comarcas de la India y del Sindh, y de recorrer el país de los árabes y las tierras de otras naciones. Estuve en Egipto y habité la magnífica ciudad de Masr, que es el milagro del mundo. Y tras residir allí mucho tiempo, partí para el país de Maghreb central, donde terminé fijando mi residencia durante veinte años. Por aquel entonces, oh mujer de mi hermano, un día entre los días, estando en mi casa, comencé a pensar en mi tierra natal y en mi hermano. Y se me exacerbó el deseo de volver a ver mi sangre; me eché a llorar y lamenté mi estancia en país extranjero. Y al fin se hizo tan intensa la nostalgia, que decidí emprender el viaje a la comarca que vio surgir mi cabeza de recién nacido. Y pensé para mí: ¡Hombre! ¡Cuántos años transcurridos desde el día en que abandonaste tu ciudad y tu país y la morada del único hermano que posees! ¡Levántate, pues, y parte a verlo antes de la muerte! Porque, ¿quién sabe sobre las calamidades del destino, los accidentes de los días y las revoluciones del tiempo? ¿Y no sería una suprema desdicha que murieras antes de regocijarte los ojos con la contemplación de tu hermano, sobre todo ahora que Alah, ¡glorificado sea! te ha dado riquezas? No olvides, por tanto, que partiendo verificarás dos acciones excelentes: volver a ver a tu hermano y socorrerlo si fuera necesario”.

Y he aquí que, dominado por estos pensamientos, me levanté al instante y me preparé para la marcha. Y tras recitar la plegaria del viernes, monté a caballo y me dirigí a mi patria. Después de muchos peligros y de las prolongadas fatigas del camino, con ayuda de Alah, ¡glorificado y venerado sea!, llegué a mi ciudad, que es ésta. Inmediatamente recorrí calles y barrios buscando la casa de mi hermano. Y Alah permitió entonces que encontrara a este niño jugando con sus camaradas. ¡Por Alah el Todopodereso, oh mujer de mi hermano, que apenas lo vi, sentí que mi corazón se derretía de emoción, la sangre reconoció a la sangre, y no vacilé en suponer en él al hijo de mi hermano! En aquel mismo momento olvidé mis fatigas y mis preocupaciones, creí enloquecer de alegría. Pero ¡ay! no tardé en enterarme, por boca de este niño, que mi hermano había fallecido en la misericordia de Alah el Altísimo. ¡Terrible noticia que me hizo caer de bruces, abrumado de dolor! Pero ¡oh mujer de mi hermano! ya te habrá contado el niño que, con su aspecto y su semejanza con el difunto, me consoló un poco. Y recordé el proverbio que dice: “El hombre que deja posteridad, no muere”. La madre de Aladino lloraba amargamente. Para que olvidara sus tristezas y se distrajera, el magrebí varió la conversación: “Hijo mío”, le dijo a Aladino, “¿qué oficio aprendiste y en qué trabajo te ocupas para ayudar a tu pobre madre?”

Al oír aquello, avergonzado por primera vez, Aladino bajó la cabeza mirando el piso. Y como no decía palabra, contestó su madre: “¿Un oficio, oh hermano de mi esposo, tener un oficio Aladino? ¿Quién piensa en eso? ¡Por Alah, que no sabe nada absolutamente! ¡Nunca vi un niño tan travieso! ¡Se pasa todo el día corriendo con otros niños del barrio, que son unos vagabundos, unos pillos, unos haraganes como él, en lugar de seguir el ejemplo de los hijos buenos, que están en la tienda con sus padres! Sólo por causa suya murió su padre, dejándome amargos recuerdos. Y también por eso yo me veo reducida a un triste estado de salud. Y aunque apenas veo con mis ojos, gastados por las lágrimas y las vigilias, tengo que trabajar sin descanso y pasarme días y noches hilando algodón para tener con qué comprar dos panes de maíz: lo preciso para mantenernos a los dos. ¡Tal es mi condición! ¡Juro por tu vida, oh hermano de mi esposo, que sólo entra en casa a la hora de la comida! Esto es todo lo que hace. A veces, cuando me abandona de tal modo, aunque soy su madre pienso en cerrar la puerta de la casa y no volver a abrirla para obligarlo a buscar un trabajo. ¡Y luego me falta valor, porque el corazón de una madre es compasivo y misericordioso! Pero mi edad avanza, y me estoy haciendo muy vieja, ¡oh hermano de mi esposo! Mis hombros no soportan las mismas fatigas que antes. ¡Y ahora apenas si mis dedos me permiten dar vuelta la aguja! No sé hasta cuándo voy a poder continuar una tarea semejante sin que me abandone la vida como me abandona mi hijo, este Aladino que tienes delante de ti”. Y cuando terminó la frase se echó a llorar.

Entonces el magrebí enfrentó a Aladino y le dijo: “¡Oh hijo de mi hermano! ¡Yo no sabía todo esto! ¿Por qué marchas por ese camino de haraganería? ¡Qué vergüenza para ti, Aladino! ¡Eso no está bien! Estás dotado de razón, hijo mío, y eres de buena familia. ¿No es para ti una deshonra dejar que tu pobre madre, una mujer vieja, tenga que mantenerte, siendo un hombre con edad suficiente para tener una ocupación? Por cierto, oh hijo mío, que gracias a Alah, lo que sobra en nuestra ciudad son maestros de oficio. Sólo tendrás, pues, que escoger tú mismo el oficio que te guste, y yo me encargaré de colocarte. De ese modo, cuando seas mayor, hijo mío, tendrás entre las manos un oficio seguro que te proteja contra los embates de la suerte. ¡Habla ya! Si no te agrada el trabajo de aguja, oficio de tu difundo padre, busca otra cosa y avísamelo, te ayudaré con todo lo que pueda, ¡oh hijo mío!”

En lugar de contestar, Aladino continuó con la cabeza gacha, guardando silencio. Esto indicaba que no quería más oficio que el de vagabundo. El magrebí advirtió su repugnancia por los oficios manuales, y trató de encontrar una alternativa. Le dijo, por tanto: “¡Oh hijo de mi hermano! No te enfades ni te apenes por mi insistencia. Pero déjame añadir que, si los oficios te repugnan, estoy dispuesto si quieres ser un hombre honrado, a abrirte una tienda de sederías en el zoco. Surtiré tu tienda con las telas más caras y brocados de la calidad más fina. Así harás buenas relaciones entre los mercaderes al por mayor. Te acostumbrarás a vender y comprar, a tomar y a dar, y será excelente tu reputación en la ciudad. ¡Honrarás la memoria de tu difunto padre! ¿Qué dices a esto, oh Aladino, hijo mío?

Cuando Aladino escuchó esta propuesta y comprendió que podría convertirse en un gran mercader del zoco, en un hombre de importancia, vestido con buenas ropas, con un turbante de seda y un bonito cinturón de diferentes colores, se regocijó. Miró al magrebí sonriendo y torciendo la cabeza, lo que en su lenguaje significaba claramente que aceptaba. El magrebí dijo entonces: “Ya que quieres convertirte en un personaje de importancia, en un mercader con tienda abierta, procura en lo sucesivo ser digno de tu nueva situación.

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